La historia de las invitaciones de boda

Los que han pasado por el altar o el juzgado para jurarse amor eterno lo saben. Lo más complicado no es decidir casarse ni cuándo, sino la organización de todo lo relacionado con un día que recordaremos siempre y en el que esperamos que nada falle, incluyendo hasta el más mínimo detalle.

Dentro de esos detalles imprescindibles que no pueden fallar bajo ninguna circunstancia encontramos las invitaciones de boda. Un elemento básico tanto para las ceremonias religiosas como para las bodas civiles siendo básicas para informar a todo aquel que deseamos sea testigo de nuestras nupcias de cuándo y cómo tendrá lugar el enlace.

Los dise√Īos de las invitaciones de boda son casi infinitos. Son decenas las propuestas que se ofrecen en portales como Yeye, destacando las originales, elegantes y personalizadas, ya que no hay nada mejor que una invitaci√≥n de boda que est√© relacionada con la personalidad de los novios y con la que estos puedan expresarse como lo desean para revelar al mundo sus intenciones nupciales.

Dice la tradici√≥n que estas se entregan alrededor de dos meses antes de la boda, siendo los novios los encargados de repartirlas personalmente o, en caso de no poder, recurriendo al env√≠o postal o al buzoneo en busca de que ning√ļn invitado se quede con la suya y el d√≠a D a la hora H est√°n todos los que deben estar.

El origen de las invitaciones de boda

Si bien son muchas las historias que se cuentan alrededor del origen de las invitaciones nupciales, lo cierto es que existe constancia de que existen desde la Edad Media, cuando un pregonero recorría las localidades de los novios convocando a los invitados al enlace.

La cosa cambiaría para los nobles de la época, ya que estos fueron los que empezaron a recurrir a la imprenta, allá por el siglo XIV, para informar a los invitados de que habían sido convocados a un enlace matrimonial. Por aquel entonces la invitación corría a cargo de los monjes e incluía el lugar, la hora, el escudo de cada familia y se cerraba la misma con un lacre familiar. Una invitación artesanal y solo apta para las familias pudientes de la época. Y es que estas se entregaban a través de un mensajero al que también había que pagar.

Sería en el siglo XV cuando se imprimirían a través de la xilografía a través de plantas que grababan en relieve y, ya en a finales del siglo XVIII cuando se echó mano de la litografía para imprimir las invitaciones de boda. Una técnica que permitía incorporar un texto, un dibujo e incluso una foto y plasmarla en serie a través de una plancha de metal.

Gracias a este sistema muchas familias pudieron empezar a realizar invitaciones impresas. Poco despu√©s se inciar√≠a la √©poca en la que se empez√≥ a profesionalizar el servicio de correo y nuevos sistemas de dise√Īo e impresi√≥n que permitieron realizar invitaciones que, con el paso del tiempo, se podr√≠an enviar a todo el mundo, eso s√≠, con tiempo.

Las invitaciones de boda, tal y como las conocemos en la actualidad, comenzaron a realizarse en los a√Īos cuarenta del siglo XX, de la mano de la llegada de la impresi√≥n comercial. Su evoluci√≥n hasta hoy, cuando todo se realiza de manera digital, ha sido impresionante.

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